

Poema a poema, vertebrados sobre esta estructura de contrarios, Aurora Gámez nos va descubriendo el hallazgo de la escritura (“Prendida por el verso”); la solidaridad con los desheredados (“Elocuencia íntima”); la formación del pensamiento crítico a través del estudio, la reflexión y la lectura (“Rotulado silencio”); los espejismos de la educación: “No hay pecado / solo vida que pasa / sin salvación” (“Paisaje onírico”); el despertar al mundo entre la soledad y el silencio (“Mis venas tan abiertas”) y la convicción de la búsqueda y la lucha para vencer la adversidad (“Más allá del silencio”).

Argumenta la profesora Sánchez sobre la autora que, “la brillantez revolucionaria de su novelística convierte a Emilia Pardo Bazán em una de las figuras esenciales de la literatura del S XIX; esto ha provocado que su actividad poética (desarrollada desde la infancia hasta el final de sus días) sea casi desconocida salvo para especialistas pardobazianos. Evidentemente, la altura de su prosa no resulta comparable al verso, pero tampoco lo es en el caso de otros coetáneos varones que sí son conocidos como poetas”.

Hay un regusto a una poesía reivindicativa, humanizada, descarnada, al estilo de Vallejo, y que también nos remite a los niños de la Guerra, a las promociones poéticas del 50 y del 60. Su rabiosa contemporaneidad tiene que ver, como las voces y las poéticas referidas, a una necesidad de comprometer, de nuevo, la palabra con el mundo.

La exaltación del carpe diem, feraz y luminoso en los escritos paganos, marca los textos del poeta de Verona que deconstruye el falaz escenario del bonus amor elogiado por el imperio, evidenciando el abismo entre el idealismo de la fidelidad y el drama de la realidad que acaba convirtiendo la pasión amorosa en un padecimiento vergonzante. Mas apolíneo en su versión del tópico, Horacio afina el punzante ímpetu de la lírica griega y refrena el torpe imperativo de la pasión para acercarse a la fisonomía del imperio.

A partir de aquí la autora se abre a un futuro con momentos menos severos de la existencia y que la incardina hacia sus claves vitales: la amistad, en La amistad, el laurel; su compromiso con la lucha por los derechos de la mujer en Mirada Violeta. Sed de libertad; la honestidad como principio en las magníficas liras de Legado de quien ama y, por último, la libertad y el desarrollo individual que expresa en el último apartado, Nómada.

Los aforismos de Canet buscan siempre dialogar con el lector, proponiéndole que sea este quien cierre el argumento, lo discuta o lo acomode a su antojo, huyendo siempre de las máximas o sentencias que en otras épocas fueron un signo distintivo del género.

Y este libro de Víctor Jiménez nos invita precisamente a eso, a convertirnos en flâneurs, nunca en simples mirones asimilados a una multitud que hoy está en las más laberínticas, si cabe, avenidas del ciberespacio, a salir a la calle con los ojos abiertos, a caminar sin prisa y a observar como una forma de resistencia ante el fuego de artificio con el que se nos muestra una realidad que creemos entender en nuestra ceguera blanca.

Ecléctico y extemporáneo, nos invita a conocer los entresijos del alma, cimentando su saber en el acervo de la cultura clásica que se fusiona sin adulterarse en el espacio abierto de la controvertida posmodernidad.