LA MIRADA OBLICUA DEL FLÂNEUR

Y este libro de Víctor Jiménez nos invita precisamente a eso, a convertirnos en flâneurs, nunca en simples mirones asimilados a una multitud que hoy está en las más laberínticas, si cabe, avenidas del ciberespacio, a salir a la calle con los ojos abiertos, a caminar sin prisa y a observar como una forma de resistencia ante el fuego de artificio con el que se nos muestra una realidad que creemos entender en nuestra ceguera blanca.

Por Daniel Rodríguez Moya

Ciudad laberinto

Víctor Abel Jiménez Jódar

Granada, Esdrújula, 2020

El poeta es un flâneur, un paseante, alguien que de manera aparentemente errática ocupa sus días en caminar por la ciudad, porque ese es su escenario natural, capturando instantes para luego moldearlos en su taller, para fijarlos en una especie de álbum de fotos de época que tiene la particularidad de ofrecer estampas cada vez distintas con las que construir escaleras de palabras, que como podemos leer en El sentido del poema o la inspiración fugaz, confunden la poesía con la realidad: “un camino difuso por donde discurría / la luz crepuscular del entendimiento”. Por eso el flâneur que nos presenta Víctor Jiménez en Ciudad Laberinto reafirma en cada poema su auténtica vocación de observador consciente, no el del vagabundo que simplemente pasaba por allí. Un observador que es capaz de vencer el fin del tiempo del flâuner que Benjamin sitúa precisamente en la llegada de la sociedad de consumo que termina por atrofiar toda capacidad de observación crítica. El flâneur que transita estas páginas no tiene nada que ver con ese personaje que se le opone y que es producto de esa sociedad de consumo impuesta, y que Fournel identificó en el último tercio del XIX como “badaud”, es decir, un mirón, un simple y común mirón en el que todo atisbo de individualidad desaparece quedando completamente absorbido por la masa, convirtiéndose en parte indisoluble de ella. Una masa acrítica que mira, pero no observa, que camina pero no sabe hacia dónde.

Víctor Jiménez sabe que el poeta es el último flâneur de una sociedad en la que hace mucho tiempo no hay espacio para el paseante que observa y sabe que la única posibilidad de resistencia estriba en la capacidad de mantener una mirada oblicua ante todo lo que va encontrando en su camino, es decir, una mirada que sea capaz de percibir mucho más de lo que los ojos nos muestran delante, ya que como José Saramago nos alumbra en Ensayo sobre la ceguera, nos azota una epidemia de “ceguera blanca” en la que, escribe el portugués, “estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”. Por eso el poeta está obligado a aprender a mirar el mundo que encuentran a su paso con esa mirada otra.

 Y este libro de Víctor Jiménez nos invita precisamente a eso, a convertirnos en flâneurs, nunca en simples mirones asimilados a una multitud que hoy está en las más laberínticas, si cabe, avenidas del ciberespacio, a salir a la calle con los ojos abiertos, a caminar sin prisa y a observar como una forma de resistencia ante el fuego de artificio con el que se nos muestra una realidad que creemos entender en nuestra ceguera blanca.

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