

Ese camino y esa meta constituyen la síntesis de Despertar en la aurora, un libro en el que la poesía, concisa y rica al mismo tiempo, actúa de manera eficaz como medio y como revelación para una transformación necesaria, para un despertar en un horizonte propio lejos de la herida, cerca de la esperanza.

En definitiva, Pájaros blancos, de Francisco Morales Lomas, nace de una visión bondadosa (blanca) de la vida, pese a los abismos inherentes a la misma, y también de una consolidada conciencia humanista con la que mira al mundo, su caos y las vilezas y sufrimientos infligidos hacia seres inocentes.

La escritura termina siendo otra forma de búsqueda: emoción que necesita encontrar pensamiento y pensamiento que necesita encontrar palabra, siguiendo la concepción de Robert Frost que la propia autora coloca como pórtico de uno de sus poemas: “La poesía sucede cuando una emoción encuentra su pensamiento y el pensamiento encuentra las palabras”.

La provocación de Fens no consiste simplemente en introducir lo sexual dentro del espacio de lo sagrado. Su gesto resulta más profundo: cuestiona la legitimidad de una frontera que durante siglos separó artificialmente cuerpo y espíritu, elaborando una poesía que oscila entre el “simbolismo carnal” y la “humedad sacra”, como un territorio donde la palabra combustiona entre lo erótico y lo místico.

En este mundo que va organizando se va aunando el espacio exterior y el interior de modo que ambos van evolucionando incluso a veces con un aire épico: “No tú empuñando el bronce/ en medio del invento de querernos”. Una lírica que indaga, que descubre, que mira constantemente de reojo, que se alía y se normaliza en la modestia de un tiempo presente, quinto año de carrera, “y te encontré a ti,/ muchacha de matrícula”.

Miles de recuerdos alumbran mi vivencia de este poeta amantísimo de la Naturaleza, el mejor que nunca dio la Alpujarra granadina. Pero a mí mismo se me hace imposible terminar sin la evocación de Églogas de Tiena: José Lupiáñez, Fernando de Villena, Juan Jesús León y Enrique Morón, que escogió el otoño, su estación predilecta. Y es que hay otro tema del que Morón es también inseparable. Lo llamaron amistad.

Tanto en la forma como en el fondo, el libro entronca con la tradición clásica. En el aspecto formal, por la utilización del soneto y de una abundancia de imágenes pertenecientes a la naturaleza, y en cuanto al fondo podemos decir que el amor o la ausencia de este, tema primordial (que no exclusivo) del libro, lo contempla y lo expresa la autora con tintes líricos de raíces en los cancioneros medievales, habida cuenta de que, en palabras de Manuel Gahete Jurado, en estos «la enamorada (…) reclama la presencia del amado, lo que asimismo ocurre en las jarchas andaluzas y en las cantigas de amigo gallegoportuguesas»[4].

Cuando Google Maps no responde, nos queda la poesía. Porque existen senderos que ningún algoritmo puede cartografiar. Y es entonces cuando las palabras, luminosas, fundantes, germinativas, alumbran con su luz silenciosa y nos recuerdan, casi sin advertirlo, el camino de vuelta a casa.