Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.

HEREDERA DEL DESIERTO

Soad al Kuwari es una consolidada poeta catarí, con un amplio recorrido lírico que se inicia en el año 2020 con el poemario “No era mi alma” y que hasta la actualidad ha hecho entrega de siete textos. “La hija del desierto” es un libro que había visto la luz en el año 2001 pero que ahora lo hace para el público de habla hispana tras la magnífica traducción llevada a cabo por el escritor y traductor marroquí, Mohamed Ahmed Bennis.

Por José Sarria

“La hija del desierto”

Soad Al Kuwari

Traductor: Mohamed Ahmed Bennis

Editorial Efímera (2023)

Soad al Kuwari es una consolidada poeta catarí, con un amplio recorrido lírico que se inicia en el año 2020 con el poemario “No era mi alma” y que hasta la actualidad ha hecho entrega de siete textos. “La hija del desierto” es un libro que había visto la luz en el año 2001 pero que ahora lo hace para el público de habla hispana tras la magnífica traducción llevada a cabo por el escritor y traductor marroquí, Mohamed Ahmed Bennis.

Desde el silencio que proporciona una propuesta que transita por la reflexión y la contemplación, más que a la lectura misma de los poemas, Al Kuwari invita de una manera abisal a descifrar y a percibir la realidad que se esconde tras las palabras, las imágenes o las ideas. Al amparo de una pacífica rebelión contenida en las propuestas poéticas, es posible asistir a la interpretación lírica del mundo de otra manera, recreado desde otro prisma, es decir, a la deconstrucción del mundo inmediato que servirá a la autora para adentrase en un espacio simbólico, metafórico, a veces onírico, casi surrealista, desde el que expresar su escepticismo frente a la realidad que se dogmatiza con nombres y denominaciones generalmente indubitadas: “Luego, en la noche, escribí un poema sobre la muerte./ Y antes del amanecer lo quemé y me cubrí con sus cenizas”.

De ahí, su interés en redenominar a las cosas con otros nombres, en un ejercicio de radicalidad lírica, que obliga al lector a sustanciar el mensaje, porque “el mundo se origina en las distancias”, tal y como nos enseñó la poeta austriaca Ilse Aichinger.

Desde un posicionamiento que apuesta por la renovación del lenguaje poético, Al Kuwari sigue sus propias leyes que cuestionan los convencionalismos: “No tengo nada que ver con todo lo que pasa./ Me mece una mano/ como si miles de manos se metieran de repente en mí/ y me despertaran”. Su poesía es una subversión silente que se afianza con su tonalidad apodíctica y se apoya en paradojas (“La espera es nuestra última puerta”), en un fundante y audaz versolibrismo alejado de las construcciones árabes clásicas, en recursos fonosimbólicos, en preciosas y monumentales metáforas (“La tarde rueda como las entrañas de una mariposa/ mientras tiemblo/ y caigo como uvas”) y en la rebelión como armas frente a lo establecido, en un intento por superar lo incomprensible, para deshacer y desintegrar una realidad que, por imperfecta, se le hace inadmisible: “¿Y si me divido en dos mujeres?, …/… En ese momento no me di cuenta de lo que significa el acto de partirse”.

“La hija del desierto” es un fascinante viaje a través de la obra de una extraordinaria poeta árabe contemporánea, que engarza sosegadamente con la exquisita tradición, pero que se proyecta hacia la modernidad y el mundo actual, en un permanente equilibrio entre el respeto por lo heredado, por el abisal pasado, en conjunción con una acertada capacidad de renovarse e innovarse para dialogar con el presente, en un constante estado de indagación y conflicto, de repliegues y validaciones que acampa en la universalidad y atemporalidad de la palabra poética: “Heredo la arena, las montañas, las rocas/ y el silencio aplicado a sí mismo./ Heredo todo el desierto,/ me sumerjo en un éxtasis real./ Hija del desierto …/… Hija del desierto. Heredo estos preciosos tesoros/ y las referencias de mi maestro viejo”.

El desierto se convierte en un ónfalos, en la ensoñación, en un poderoso símbolo de lo antiguo, lo inmutable y lo natural, en contraste con las alegorías de la modernidad (los palacios, aires acondicionados, móviles o salas de chat); es el centro del mundo que transita, a través de la sangre enaltecida, por las venas y los poemas de Al Kuwari, hasta transmutarse en espacio personal de reflexión y descubrimiento, desde donde explorar y cuestionar su identidad frente a su lugar en el mundo contemporáneo: “Ahora recuerdo cómo mi abuelo conducía su burro …/… Mi abuelo se movía dejando su nube oscura/ en mi pecho, …/…Dicen que los aeropuertos son un invento reciente./ ¿Nos separan estos bordes construidos de hormigón/ o algo más?/ Mi abuelo cruzaba las estepas sobre su burro,/ mi abuelo cruzaba la frontera”.  

Bajo un lenguaje rico y evocador de donde afloran gacelas, liebres, jerbos, estatuas inacabadas, antílopes, zorros rojos, “el sombrero de la obediencia”, el “infierno de los planetas sumergidos” o “las mujeres envueltas en negro”, Al Kuwari se adentra en un mundo parabólico e iconográfico, donde la belleza de su propuesta lírica contribuye a revelar la emoción desde la sensibilidad y el estremecimiento, bajo el gusto de la palabra mágica que se nos ofrece redonda y misteriosa, estableciendo una honda e inquieta meditación sobre cuestiones tan esenciales como la identidad, la libertad, la feminidad o la relación del individuo con su entorno, tanto natural como social y cultural.

Soad ha llegado para traer la luz, desde su propio asombro, para nombrar lo que permanece en el silencio, ese silencio casi místico que se encuentra, incandescente, en la llama de la palabra poética (“En mi mano está la llama del amanecer”), al amparo de una voz singular, sin epigonalismos; una mirada germinativa que se crece, que se magnifica en la depurada meditación o en la vaporosa intuición, antes que en la afirmación, el testimonio o la ilación: “Te sigo (hija del desierto),/ te sigo con los ojos y la memoria cerrados”.

Hay lugar en este poemario para la contemplación del mundo, de su mundo, desde donde alcanzar a establecer, a la sombra de esa mirada reflexiva y apreciativa que acompaña a todo acendrado escritor, una reinterpretación fundante bajo el compromiso ético y estético, para hacer del momento histórico que le ha tocado vivir un tiempo dignificado y hermoso, rehabilitándole “su primigenia y herida doncellez, pensando en la soñada plenitud mítica virginal de una añorada Edad de Oro”, tal y como ha señalado el profesor Carlos Clementson.

Es la de Soad una poesía luminosa y sin sombras; una  poesía que va brotando, cadente, melódica, desde el espacio en blanco de la memoria y que acabará por construir un poemario armónico y pleno de significado acerca de todas las cosas “que importan  y que nos hacen perdurables”, tal y como ha escrito el poeta malagueño José Infante.

Este es el territorio portentoso, el continente mágico de una poeta, su ensueño y fantasía, su desbordante imaginación que se nos ofrece áurea y frutal, gracias a su prodigiosa palabra iluminada.