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MARRUECOS: CONTINENTE SENTIMENTAL

“Al Sur de Tánger. Un viaje a las culturas de Marruecos” no es una novela ni un libro de relatos; ni siquiera es un libro de viajes. Es un texto original, curioso, insólito y extraordinariamente singular. Quizás un inclasificable o tal vez un texto enmarcado en lo que podríamos denominar como de género didáctico por lo que contiene de crónica, memoria escrita, periodismo o diálogo personal, ya sea real o novelado. Un libro sugerente, repleto de olores y colores, fascinante, absolutamente ajeno a los calcos o estándares y alejado de toda prevención y, por supuesto, en las antípodas de los tópicos del exotismo orientalista.

Por José Sarria

Al Sur de Tánger. Un viaje a las culturas de Marruecos (3ª edición)

Gonzalo Fernández Parrilla

La línea del horizonte ediciones (Madrid, 2022 y 2023)

A los obstáculos físicos o naturales les superan, en demasiadas ocasiones, las barreras psicológicas y los valladares mentales. Es lo que viene ocurriendo secularmente con las relaciones entre España y Marruecos, lugar, este último, al que el diplomático Alfonso de la Serna se refería como “el lejano Magreb de ahí enfrente” en su libro “Al Sur de Tarifa. Marruecos-España: un malentendido histórico”.

Así lo manifestaba, también, en el siglo XIX el aventurero español Domingo Badia (Alí Bey el-Abbasí), para quien transitar de España a Marruecos era como inmergir en un sueño, pasando en un tránsito de espacio tan pequeño de un mundo a otro absolutamente diferente: “esa pequeña distancia de dos leguas y dos tercios …/… contiene la diferencia de veinte siglos”.

El esquema de la ignorancia-aversión, tan vigente en nuestros días, es el que acampa en el pensamiento (y lo que es peor, en el corazón) de demasiados españoles a la hora de establecer la mirada sobre el país alauí y que, generalmente, se hace hipotecado por esa torpeza occidental de examinar las realidades desconocidas bajo los esquemas de valores o baremos culturales aprehendidos que llevan, irremediablemente, a la frustración y al descalabro. Por ello, se hace tan necesario encontrar libros como el de Gonzalo Fernández Parrilla que aportan el contraste, los antagonismos a todo aquello que los estereotipos seculares han conseguido anclar en el imaginario popular acerca de la otredad, en este caso, marroquí.

“Al Sur de Tánger. Un viaje a las culturas de Marruecos” no es una novela ni un libro de relatos; ni siquiera es un libro de viajes. Es un texto original, curioso, insólito y extraordinariamente singular. Quizás un inclasificable o tal vez un texto enmarcado en lo que podríamos denominar como de género didáctico por lo que contiene de crónica, memoria escrita, periodismo o diálogo personal, ya sea real o novelado. Un libro sugerente, repleto de olores y colores, fascinante, absolutamente ajeno a los calcos o estándares y alejado de toda prevención y, por supuesto, en las antípodas de los tópicos del exotismo orientalista.

Tal y como avisa Gonzalo: “No es este un libro de Historia de Marruecos, sino un libro de historias de un viaje distinto por Marruecos”.

Pudiera decirse que es un texto que materializa el deslumbramiento, la historia de amor entre el autor y una tierra que se convierte en casa de acogida y que se nos muestra y ofrece generosa, frutal y evocadora. Una crónica de esa pasión que Gonzalo ha experimentado por Marruecos, por su literatura, su música, su capacidad creadora, su historia, su lengua o sus paisajes; pero, sobre todo por su gente, porque como advierte, intertextualizando al gran Chukri, la paradoja es “el simulacro de que te encante Marruecos sin que te gusten sus indígenas, ese desajuste, ese amor abstracto que implica un desprecio a las personas”.

El devenir de los siglos se ha encargado de legitimar aquellas fronteras (físicas o anímicas) a las que aludíamos, sus límites y muros, cuando no el desdén y el desprecio hacia nuestra familia del sur. Pero, por encima de esos abisales distanciamientos este libro nos descubre la existencia de un territorio que une a las mujeres y a los hombres de ambas riberas, mucho más allá de las delimitaciones políticas o naturales. Esta región que trasciende a la geografía o al derecho internacional es el denominado continente sentimental, aquel en el que se encuentran, entrecruzan e hibridan culturas, razas, lenguas o creencias.

Si algo va a encontrar el lector de este extraordinario libro, de esta obra instauradora, de esta joya de orfebrería literaria es eso, precisamente, y así lo advierte el propio autor: “Si empecé este viaje diciendo: otro continente, África; otra lengua, el árabe; otra religión, el islam… ahora puedo decir que, desde los primeros viajes, comencé a intuir que en esa aparente alteridad se escondía una gran falacia. Lo supe al darme cuenta de que algunas de mis amigas y amigos marroquíes estaban más cerca de mí, más cerca de mi corazón, que muchos compatriotas. Que esas diferencias lingüísticas, nacionales y religiosas no son más que categorías contingentes que se desvanecen por amistad y por amor”.

La lectura de este floreciente texto contribuye a la constitución de una “matria” entrañable, íntima e insondable, ese bello concepto acuñado por la filósofa Julia Kristeva como aquel otro espacio que nada tiene que ver con la tierra en la que se nace ni con la legitimación de un Estado, sino más bien con encontrar un “cuarto propio”, territorio donde eclosiona la eutopía: el lugar adecuado donde se conjugan, sin complejo y con naturalidad, el mundo personal y el ajeno, porque es capaz de hacer más amigables y tolerantes las otras patrias: las políticas, jurídicas y administrativas, aquellas que se blindan en delimitaciones territoriales, himnos o banderas.

“Al Sur de Tánger” posee esa capacidad fundante a la vez que liquidatoria, pues contribuye a la supresión de tópicos y lugares comunes y nos adentra en una realidad hialina y germinativa y nos abre las puertas y el corazón al conocimiento y deslumbramiento de la existencia de ese continente sentimental que es Marruecos y que se transmuta en demarcación y continente propio.

Un excelente libro que hay que leer y saborear al igual que se disfruta de un paseo por las calles de Casablanca, oasis de lo imposible, se degusta un plácido narguile en Xauen, un cafecito en la Plaza Jemaa El Fna o un té en el emblemático Café Hafa, mientras suena de fondo la sugerente voz de Umm Kulzum, presintiendo alcanzar esa otra orilla que nos faltaba.