LA VENA SATÍRICA DE ÁNGEL GARCÍA LÓPEZ

De tanta composiciones admirables, personalmente prefiero “El viejo profesor razona ante Tarcisio, joven abducido”, que dice así: “Ser poeta es oficio más que ingrato,/ una crueldad a que te obliga el sino/ como el borracho es castigado al vino/ y esclavo es el bulímico del plato.// Ser poeta es mal fario, un mal innato,/ una broma pesada del destino,/ lo enfermo de un suplicio clandestino/ destinado a morir de anonimato.// Ser poeta conduce a la condena/ de encontrar una flauta, ver si suena/ dejando en el empeño los riñones.// Y, desde entonces, ser un masoquista/ que interpreta su solo de flautista/ en una jaula llena de leones”.

Por Mauricio Gil Cano

Nocturnas aves

Ángel García López

 Madrid, Ars Poética, 2021

Con el título gongorino de ‘Nocturnas aves’, Ángel García López (Rota, 1935) reúne una serie de sonetos burlescos —a veces, con estrambote— dedicados a personajes del mundillo poético y sus aledaños. La discreción del autor le ha hecho colocar una nota al inicio donde expresa que todos los retratados son arquetipos y cualquier similitud que pudiera establecerse con la realidad sería formulación exclusivamente personal de quien la hiciese. Tras este lavado de manos, entra de lleno en la sátira, con la singular maestría que le caracteriza.

Quevedo escribió que los poetas hueros son legión y a ellos hostiga con su pluma García López, en páginas de raigambre quevedesca. Incluso, algún soneto nos hace evocar aquel que dedicara el gran clásico castellano a un hombre a una nariz pegado: “de tu napia cruel tan insensata,/ tan enorme que exige separata/ y jibariza a todo un Sanedrín”. Denuncia el consagrado vate andaluz la hipocresía y vacuidad que confluyen en la farsa de los premios literarios: “El tahúr oficial, directo al grano,/ impone ganador”. O, emulando la imaginería de cierta tradicional misoginia muy del Siglo de Oro, zahiere: “Finita Sánchez, la que antaño fuera/ una espiga de nalgas cimbreantes,/ ha dejado de ser la que era antes/ para ser ya la imagen de cualquiera”. Tampoco escapan de su dardo los aficionados a los dones de Baco: “Y, sin nunca dejar su numen quieto,/un soneto detrás de otro soneto/ haciendo eses en la habitación”. Fustiga sin piedad los encumbrados localismos: “El Ilmo. Entontamiento de Burlata/ ha elegido los vates entontados/ que este año serán condecorados/ con grandes cruces de papel de plata”. Chanchullos, amiguismos, palabras huecas, versos asesinos son objeto de aguda crítica hasta no dejar títere con cabeza en el parnaso de la palabrería. Y, si denuncia el “método de trabajo” al uso en antologías de poetas españoles contemporáneos: “Este se queda fuera, por hortera./ También éste, que nunca fue mi amigo”; no escatima barroquismo en su propio léxico para ridiculizar a algún bobo egregio: “jerigonza, silepsis, jitanjáfora,/ epizeuxis, epífrasis, catáfora,/ manjares extra para el inodoro”.

De tanta composiciones admirables, personalmente prefiero “El viejo profesor razona ante Tarcisio, joven abducido”, que dice así: “Ser poeta es oficio más que ingrato,/ una crueldad a que te obliga el sino/ como el borracho es castigado al vino/ y esclavo es el bulímico del plato.// Ser poeta es mal fario, un mal innato,/ una broma pesada del destino,/ lo enfermo de un suplicio clandestino/ destinado a morir de anonimato.// Ser poeta conduce a la condena/ de encontrar una flauta, ver si suena/ dejando en el empeño los riñones.// Y, desde entonces, ser un masoquista/ que interpreta su solo de flautista/ en una jaula llena de leones”.

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