CIUDAD DONDE SE MUERE, DONDE SE VIVE

El asunto estriba en que me hace disfrutar a mí y, seguro, a todo posible lector. Si este ama a Granada y la ha galanteado como él hace, mejor. Pocos libros se han escrito tan poéticos como este, con palabras arrobadas de amor y rencor por esta ciudad. Y se han escrito pocos porque es difícil amar tanto.

Por Miguel Arnas Coronado

Sergio Mayor

Ciudad mori

Granada, Karima Editora, 2020

Miguel Arnas Coronado

¿Granada es una ciudad o una mujer? Seductora, aromada, semioculta, epifanía para los ojos. Esa es la visión de Sergio Mayor. El título es juego de palabras con el memento mori, momento de la muerte, recordatorio. Y es ciudad que hace morir de amor. Es mujer que hace morir de amor. Un paseo por la ciudad como se pasea por un cuerpo, con delectación.

¿Y la prosa? No se busque argumento. Es soliloquio de vividor en fragmentos cortos, como la respiración del enamorado. Conocí a Sergio en Facebook y me fascinaron esos textos que colocaba. Siempre creí que debió publicarlos y lo ha hecho con algunos, mejorándolos. Demuestra que se puede gozar tanto de los pecados como de las virtudes, de la cháchara de los borrachos como de los libros u obras de arte que ha cortejado, de las músicas que ha compartido, de las ginebras que ha saboreado. Pero, ¿es importante si Sergio Mayor disfruta o no con sus cosas? El asunto estriba en que me hace disfrutar a mí y, seguro, a todo posible lector. Si este ama a Granada y la ha galanteado como él hace, mejor. Pocos libros se han escrito tan poéticos como este, con palabras arrobadas de amor y rencor por esta ciudad. Y se han escrito pocos porque es difícil amar tanto.

Podrá achacársele dificultad, pero es falsa: hoy no la hay pudiendo consultar cosas en internet. Nombres de poetas, conceptos místicos, canciones que pueden oírse cuando de ellas habla Mayor. Historias inventadas, porque ninguna vida da para todos esos licores bebidos a lo largo del mundo, pero la imaginación es viva y visual: Sergio Mayor ha viajado con la cabeza, y con ella se viaja mucho mejor que con los pies, las ruedas o los cascos de los caballos. Aquí está Huysmans, Swedenborg, Lowry, aquí está la maldad y también la bondad.

Al batiburrillo, añádasele el sentido del humor, las alusiones extemporáneas que hacen saltar la conciencia de que no estamos ante descripciones al uso sino ante un exabrupto, salida de tono, el resoplido de un búfalo cansado.

“Escribo de Granada como el jesuita que practica sus ejercicios espirituales”. Sobre todo, la ciudad. Aquella mujer le contagió, dice, “una teología venérea”. ¿Cabe mayor imaginación, más grande riqueza?  Mayor, lo he leído de su prologuista, habla como el cónsul Firmin lo hizo en Bajo el volcán: desde la locura. ¿Es solo esto Ciudad mori? Es mucho más: amoríos, alcoholismo, amplísima cultura, misticismo, delectación.

De idéntica forma que el musulmán tiene la obligación de peregrinar una vez en su vida a La Meca, el granadino debería tener el deber de rezar este libro. Han leído bien: rezarlo.

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