CARA DE PAN

Existe una tradición literaria donde este motivo se encuentra muy presente sobre todo asociado al hecho amatorio. En textos de Plauto como Asinaria o Mercator lo hallamos, pero también en obras de Cervantes, tanto entremeses como en el propio Quijote.

Por F. Morales Lomas

Sara Mesa

Cara de pan

Barcelona, Anagrama, 2018

Sara Mesa es una escritora que arriesga mucho pero sale victoriosa. Es valiente, decidida y segura de su discurso. La historia sobre la que se articula Cara de pan, su última novela, es bien simple: la relación de un viejo con una niña de “Casi” catorce años. 

Existe una tradición literaria donde este motivo se encuentra muy presente sobre todo asociado al hecho amatorio. En textos de Plauto como Asinaria o Mercator lo hallamos, pero también en obras de Cervantes, tanto entremeses como en el propio Quijote. En Chaucer, Boccaccio, en los fabliaux, en Rodrigo de Cota, en L´École de maris de Moliére, en Le barbier de Seville de Beaumarchais, en Wilhelm Mesiters de Goethe. Es sintomática su presencia en El viejo y la niña de L. F. de Moratín. Y también en varias obras del XIX de Galdós o Pardo Bazán como en La madre Naturaleza: el amor del maduro Gabriel Pardo por su sobrina bien puede ser asociado al tema de el viejo y la niña.

No existe, en consecuencia, originalidad alguna en el motivo literario, sí en la solución ficcional y el proceso de construcción de  psicologías que intervienen en la obra. Sara Mesa posee un enorme talento y sentido para la escenificación y un diálogo verosímil en el que sitúa fundamentalmente estas dos psicologías en funcionamiento: un viejo que ha estado en el psiquiátrico, acosado, enfermo, del que dicen que es un enfermo mental o alguien con retraso, y cuya inclinación por la ornitología y Nina Simone le permiten un refugio a su solitaria y aislada existencia.

La niña, Casi (la llama así el Viejo porque tiene “casi” catorce años; en la segunda parte de la obra los cumplirá), es como todas las adolescentes de esa edad: irracional, sensible, imprevisible, amiga de romper todo tipo de convenciones, imposiciones y disciplinas, y amante de no entrar en el colegio, hacer novillos y marcharse al parque. Una rebelde sin causa, que, a pesar de la familia bien estructurada, con un hermano de la que se siente cercano, toma esa opción como una forma de respuesta vital.

Ambas soledades, ambos aislamientos, el del Viejo y el de la Niña, acaban coincidiendo y conectando desde perspectivas divergentes. En el fondo ambos sienten las mismas carencias afectivas y poco a poco la compañía de uno y de otro los va reconfortando del “ruido ajeno” de la existencia.

Es muy complicado este tipo de novelas porque es muy fácil caer en tópicos, recursos trillados, cursiladas y lugares comunes, pero Sara Mesa desde una situación anodina, que inicialmente nos puede parecer irrelevante, construye dos personajes con gran fuerza literaria y muestra una personalidad extraordinaria como narradora. Logra conectar con el lector en ese engranaje donde narración y diálogo están integrados con acierto y nos permiten adentrarnos en la sensibilidad y en las vidas anodinas de estos dos “antihéroes” que nacen para el desconcierto y una cierta incontinencia.

Lejos de las pulsiones eróticas o de una sexualidad que estaba presente en el hipertexto idealizado de la historia literaria, estos personajes construyen su visión de la existencia que se sustenta sobre una búsqueda del afecto y la felicidad, que comparten cuando se encuentran. No hay otra instancia: la amistad como recurso de la felicidad entre dos tiempos divergentes y contrapuestos: la niña, el comienzo de la vida; el viejo, el descenso de la misma.

Con unos nimios instrumentos narrativos Sara Mesa construye en Cara de pan una obra rigurosa, seria y de altura narrativa.

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