LA TRADUCCIÓN NO ES TRAICIÓN, SI ACASO TRADICIÓN

Por Albert Torés

Poeta y traductor

Es muy verificable que la naturaleza humana encierra siempre gérmenes contradictorios, incluso es igualmente posible que la paradoja sea una seña de identidad. Cualquier actividad generará defensores y detractores. No iba a ser una excepción el ámbito de la traducción. En este sentido, de sobra es conocido el adagio traduttore, traditore que, curiosamente se ha extendido no solo como punto de partida del ejercicio de traducción sino incluso como argumentario teórico del quehacer traductor. De inmediato, rechazamos esta concepción de la traducción como elemento de traición. Al menos, deberíamos contextualizarlo. De entrada, el concepto encierra más la paranomasia ocurrente que la formulación descriptiva. Posiblemente, el contexto determinante del dicho no sería sino poner en valor la grandeza, la singularidad de las lenguas. Por ejemplo, ya en 1549, Joachim du Bellay en su volumen La défense et illustration de la langue française introducía esa idea de guardar fidelidad al texto original. El emparejamiento de traducción y traición ha ido fomentándose, creo que injustamente. Defender la unicidad de una lengua es tan evidente como defender la diversidad de las lenguas. Pero la singularidad no puede impedir la función de la pluralidad ni a la inversa. Entendemos como obviedad, precisamente por esta consideración que el traslado de textos de una lengua a otra siempre presentará desfases y algunos obstáculos al sentido original. Una situación que se agrava cuando abordamos el territorio de la traducción verbal simultánea o interpretación. Ciertamente, la contingencia de trasladar un texto de una lengua a otra sin perder en matices, giros y sentidos es altamente complicada Pero una pérdida de matices no justificaría ni la senda linguonacionalista ni el encaje matemático de la diversidad. No lo justificaría porque sería tanto como reducir el derecho a la lectura y limitar las posibilidades de los lectores y lectoras universales. La traducción no forma parte del dominio de las ciencias exactas con lo que tampoco resulta pertinente exigirle que se comporte tal. El texto ya en lengua materna encierra distintas posibilidades interpretativas y permite una sobresaliente presencia polisémica si nos adentramos en caminos artísticos, especialmente en poesía. Paralelamente cada lengua ve el mundo y lo organiza de forma diferente de acuerdo a una serie de parámetros léxicos, gramaticales, sintácticos, concepciones espacio temporales y circunstancias varias. No digamos cuando las traducciones atañen a lenguas esencialmente divergentes.  Por consiguiente, el adagio en cuestión no aporta nada en concreto, no refleja nada en particular y en gran medida el planteamiento del dilema es erróneo, ya que a estas alturas, la alternativa a la traducción es una torre de Babel de más de 3000 lenguas sin contar los dialectos.  El oficio de traducir  no solo se nos antoja tan noble como legítimo sino absolutamente indispensable. La tarea debe encaminarse a perfeccionar el oficio de traducir. Georges Steiner afirmaba que todo acto de comunicación es traducción, es decir, en todo movimiento del saber va implícita la traducción. Su obra Después de Babel. Aspectos del lenguaje y la traducción, Fondo de Cultura Económica, México, publicada inicialmente en 1975 y traducida en 1995 a nuestro idioma por Adolfo Castañón y Aurelio Major. Por cierto, un ejemplo de traducción que directamente refuta el célebre adagio. El acierto de Steiner fue presentar la historia de la traducción en Occidente desde una óptica multidisciplinar, teniendo en cuenta que la traducción es más que escritura, es una sobreescritura que exigirá al traductor unos conocimientos muy detallados. Como nos indica Walter Benjamin en su obra La tarea del traductor de 1971 que será traducida por Carlos Marzán y Marcos Hernández en 1994, otro magnífico ejemplo de buen trabajo, mientras la intención de un autor es natural, primitiva e intuitiva, la del traductor es derivada, ideológica y definitiva. Errores se cometen a diario y en todos los órdenes de la vida. Tendremos buenas traducciones y no tan buenas pero desde luego nunca son actos de traición. El resultado final del proceso de cualquier traducción consta esencialmente de dos momentos: La comprensión del texto original y la expresión del contenido en lengua de destino. Ambas fases encierran una enorme complejidad que requiere una precisa instrumentación, una metodología ecléctica y una permanente búsqueda, porque la labor no es otra             que adoptar un texto original y reformularlo en lengua terminal, algo que debe hacerse  en el justo equilibrio entre la literalidad y la recreación. Si hago mención a W. Benjamín y G.Steiner no es señal de derrotas, antes bien lo contrario, es el personal tributo que rindo a todos aquellos autores brillantes que teorizan y practican la traducción. Entiendo como Walter Benjamin que deben crearse unos vínculos de confianza, inclusive de amor, entre la experiencia traductora y el pensamiento que ha de darle cuerpo. El marco interdisciplinar se presenta como obligatorio para discurrir entre la multiplicidad lingüística y la homogeneidad de todo sistema lingüístico y no precisa de ocurrencias proverbiales ni eufemismos pasivos como “comunicación transcultural”, “transferencia intercultural” o últimamente “mediación verbal”.

“Digan lo que digan de lo inadecuado de una traducción, esta tarea es y siempre será uno de los emprendimientos, más complejos y valiosos de los intereses generales del mundo” nos escribe Goethe. Nuestro deber en la traducción seguirá siendo mejorar los dominios de la traducción al tiempo que seguimos buscamos una lengua universal, esperanzadora para cumplir con nuestra fantasía comunicativa.

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