EL LIRISMO DEL SILENCIO

La muerte de Juan Lorenzo le permite crear una alegorización de la naturaleza que posee mucho de idealización vida/muerte en un ámbito que procede directamente de esa tradición de transubstanciación muy presente desde el Medievo.

Por F. Morales Lomas

Francisco Silvera

Libro de los silencios

Málaga, EDA, 2018

El escritor onubense Francisco Silvera (Huelva, 1969), profesor de instituto y doctor por la universidad de Valladolid, posee una obra extensa como editor de Juan Ramón Jiménez, y como narrador ha publicado entre otros Los apoteosis (2000), Libro de las taxidermias (2002), Libro de los humores (2005), Álbum blanco (2011), Libros de las causas segundas o Las criaturas (2014)…

Con el Libro de los silencios (2018) continúa una trayectoria que tiene como título el silencio a través de una inmersión lírica profunda en el ámbito de la naturaleza que en esta obra se convierte en referente fundamental, conformándose una suerte de panteísmo que debe mucho al genio de Moguer, inspirador de esta aventura literaria en el que muchos pueden percibir la presencia como intertexto de Platero y yo. Pero al mismo tiempo que existe esa presencia consciente, también se encuentra la de Muñoz Rojas y De las cosas del campo, el mejor libro de Muñoz Rojas según Dámaso Alonso.

La muerte de Juan Lorenzo le permite crear una alegorización de la naturaleza que posee mucho de idealización vida/muerte en un ámbito que procede directamente de esa tradición de transubstanciación muy presente desde el Medievo. Es una tradición que desde luego cultivó como nadie San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual. La fortaleza de Silvera está en recuperar ese espíritu y hacerlo con una gran calidad literaria. A través de pequeños contextos, situaciones, paisajes, personajes y reflexiones diversas donde lo filosófico-psicológico-espiritual se unen de consuno… que, al mismo tiempo, poseen su propia autonomía referencial y estética (como en Platero y yo) pero que concitan coincidentes efectos simbólico-retóricos y, como círculos concéntricos, flexionan en su musical deambular. Silvera va estructurando estas breves historias que, en realidad, tendrían un sentido único, porque esta unicidad está presente desde el principio.

Lo descriptivo como en Azorín y Gabriel Miró, otros de los dos narradores que sirven de guía, no es un pretexto contemplativo sino que forma parte del sentido de la existencia en sí, de su forma de mirar hacia el mundo y sentirse dentro de él. La singladura del protagonista es el hilo conductor que nos permite adentrarnos en una naturaleza espiritualizada donde, como dice en uno de los capítulos, “los hombres viven para adentro, apoyándose, mirándose, pero con el pensar ordenado desde el alma”.

Un libro de un gran observador, donde lo connotativo surge con la fortaleza de la adjetivación y donde este Lorenzo senequista nos ha recordado a Antonio Machado en determinados momentos: “Lorenzo, que ve la política con los años, piensa que un día vendrá alguien proponiendo sobriedad, austeridad, protestando contra el dispendio y queriendo volver a lo esencial, pues la política es la vida”. Todos los sentidos están presentes para configurar un mundo propio, particular y único en el que nos define a un hombre sabio, que come poco, habla poco, bebe poco y observa y mira mientras camina por el campo y crea su propio panteísmo sentimental. Un lirismo idealizado donde lo humano está muy presente y el locus amoenus concita todas las sensaciones placenteras de la existencia en silencio, solitaria, como aquel Fray Luis de León: “Qué descansada vida…”

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