¡TRABAJADORES DEL MUNDO, DESUNÍOS!

Con tal fin nos sumerge en una cosmogonía de la modernidad que exige lectores activos, no hipócritas, abriendo una extensa red cohesionada de repeticiones semánticas (isotopías), sintácticas (paralelismos, estribillos, anáforas) y léxicas.

Por José Cabrera Martos

Juan Carlos Mestre

Museo de la clase obrera

Valencia, Calambur, 2018

El arte ha muerto por «obsolescencia programada» afirma Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957) en su último libro, reflejo de un proceso de conocimiento, profundización y destrucción desde un neosurrealismo-irracionalista aparente, como ya puntualizaron tanto Aleixandre «mis poemas, que parecen en libertad, siguen un implacable rigor, el de la lógica poética, que no es el externo de la realidad aparente» como Lorca «creación pura descarnada, desligada del control lógico, pero ¡ojo!, con una tremenda lógica poética […] la conciencia más clara los ilumina».

Todo ello se amalgama a una conciencia de clase incómoda desde el mismo título. ‘Museo de la clase obrera’ alberga el triunfo de la domesticación de los trabajadores, especialmente tras la crisis financiera de 2008, alojados en las salas del recuerdo como obras de arte inerte, nuevo David petrificado. De ahí el grito ecléctico del poeta heredero de las vanguardias: la única cita/obertura del libro es de Picabia, «la tristeza ilegal», explicitación del triunfo de lo superficial y exitoso.

Con tal fin nos sumerge en una cosmogonía de la modernidad que exige lectores activos, no hipócritas, abriendo una extensa red cohesionada de repeticiones semánticas (isotopías), sintácticas (paralelismos, estribillos, anáforas) y léxicas. El lenguaje se puebla de autores, obras, coloquialismos, tecnicismos, modismos… que desvirtúan la tradicional consideración del lenguaje poético («hay que ser tonto de una pieza») y de las mismas reglas del discurso: No hay puntuación para no regimentar el sentido, como no hay mayúsculas para destruir la jerarquización del nombre propio y de la historia oficial a favor de una historia con minúscula (intrahistoria unamoniana), hasta finalizar con la ruptura de la versión tradicional de “índice” del libro convertido también en poema.

Esta construcción formal se utiliza para recuperar las voces silenciadas de proletarios, homosexuales lobotomizados, judíos asesinados por los totalitarismos, especialmente, Hitler (Thälmann, Jacob, Char, Volf); y exteriorizar a la clase dominante acaudalada, a veces, por el mismo régimen (Thyssen, Rockefeller, Boss).

Este libro abre una nueva etapa: la esperanza y el humor han desaparecido, dejando paso al sarcasmo corrosivo, el feísmo grotesco, la carnavalización o la sátira indignada, no moralizante, que pueblan de desesperanza la explicitación del tiempo, alterando el orden evolucionado natural capitalista y su mímesis potencial. El poeta catalizador de lo telúrico, «lo que oyes lo oigo no invento solo transmito la voz sagrada de la tierra ingenua», y albatros neorromántico-existencialista, excava en la historia oficial para, mediante una acumulación perfectamente ensamblada de imágenes y múltiples perspectivas globales agolpadas, mostrar que el hombre, el arte y la historia han muerto a favor del consumidor idiotizado. Frente a ello Mestre eleva una fiesta de la inteligencia sensible, un grito desesperado, ante la mediocridad triunfante en el jardín de las delicias del siglo XXI.

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